A esta altura de mi vida, ya respetable, hoy me estreno como bloguero, algo impensable para mí hasta hace muy poco tiempo. Pero si tengo que decir la verdad, y no es otra mi intención, me siento como niño (¡!) con zapatos nuevos. Me veo explorador de un territorio apasionante donde, entre otras cosas, existe la libertad de expresión en estado puro ¿He dicho una perogrullada? No lo crean, hoy en España, es cierto, existe libertad de expresión en mucho mayor grado que en los años pasados y, sin embargo, todavía próximos en los comportamientos humanos. Pero…
España es un país muy difícil de entender y no digamos de gobernar. Un viejo amigo, ya desaparecido, tenía un latiguillo que soltaba cada vez que algo le chirriaba: “¡Viva España, que es indomable!”. Somos un país de tirios y troyanos, que dirimimos nuestras diferencias a grito pelado, y otras varias tribus periféricas y levantiscas. Con un denominador común: todos ellos transitan lanza en ristre. Entre militar incondicionalmente en una de estas opciones o razonar, parece ser que una mayoría ha optado por lo primero. Militar incondicionalmente porque una vez que se ha tomado partido parece ser que da igual que éste sea honesto o corrupto. Los que hemos optado por razonar, estamos callados y en nuestras cuevas, renunciando las más de las veces a expresarnos con libertad, no vaya a ser que uno de estos exaltados lanceros te la clave en el costado.
España es presa de la mentira, el cinismo, la tergiversación, la manipulación, el alarmismo -que nos desacredita-, por no hablar de la corrupción, que no es tema para un blog sino para una enciclopedia. No, no es fácil en España opinar con libertad, por miedo a la descalificación, al ostracismo; porque la ya clásica intransigencia española, tras un notable descenso entre 1975 y 2000, hoy se ha recuperado hasta su nivel “normal”. No, no es fácil, y aquéllos que partidarios del razonamiento creen hacerlo apenas se dan cuenta que tienen que conducirse entre balizas ideológicas para no zaherir a nadie y con frecuencia pagar innecesarios peajes.
La Política ha fracasado –los ciudadanos la perciben como un problema, no como una solución-; La Justicia está en entredicho, y eso sí que es grave; La Educación, por lo visto hasta ahora, está como la Justicia sometida permanentemente a un juicio salomónico, se pretende partirla también en dos: una de izquierda y otra de derecha; etc... Con este panorama y todo lo que hemos dejado dicho, nuestra democracia está perdiendo quilates a chorros.
¿Y a quiénes corresponde arreglar esta situación? Pues está claro, a los ciudadanos, que somos los auténticos protagonistas de la democracia, y no a nuestros mandatarios. Tenemos que asumir el compromiso democrático y transitar hábilmente por ese campo minado por la “mentira, cinismo, tergiversación” ya mencionado. Yo confió en los ciudadanos porque siempre en los momentos difíciles dieron la talla y confío especialmente en los jóvenes –no vale desencantarse-, en sus inquietudes, en su cercanía a las nuevas técnicas de la información , en sus redes sociales, etc...
Si no asumimos nuestro compromiso democrático, estaremos haciéndonos cómplices de todas estas marrullerías que amenazan con hundir el prestigio internacional de España.
Saludos cordiales.
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