miércoles, 15 de septiembre de 2010

A grandes males, grandes remedios (ABC 09/09/2010)

La sociedad española padece grandes males que, como heridas abiertas, tienen lacerado y en un ay al cuerpo social al que ya solamente le queda el desahogo de considerar a su clase política, no como una solución sino como un problema: los políticos –se piensa- son incapaces de arreglar nada y muy capaces de desarreglarlo todo.

Evidentemente, si la razón última de la política es modificar la sociedad para alcanzar un mayor grado de convivencia y progreso en libertad, cuando lo que se consigue es el enfrentamiento, la regresión y se le pone coto a la libertad, ¿seguiríamos llamando a esto política? No, mejor calamidad.

Los dos grandes partidos, PSOE y PP que, a guisa de ruedas, deben hacer avanzar el carro del Estado, son radicalmente incompatibles e irreconciliables. De tal manera que cuando una rueda quiere girar en el sentido del reloj, la otra, automáticamente, empieza a girar en sentido contrario. Consecuentemente, el carro no avanza sino que gira sobre sí mismo: un giro estéril, mareante e irritante. Sí, los ciudadanos tienen razón para juzgar la política como la juzgan.

¿Y cómo salimos de este berenjenal? No es fácil. Muchos pensarán, con lógica de colegial, que cambiando el partido en el poder. Salvo en el caso de que, tras las elecciones, se produjera una mayoría absoluta, cosa por ahora poco probable, no sería solución. Con un nuevo partido en el poder y una oposición del corte de la llevada a cabo durante los últimos seis años, el carro del Estado seguiría dando vueltas sobre sí mismo y el nuevo gobierno trapicheando con los nacionalismos periféricos para obtener apoyo. Ése es el panorama.

A grandes males, grandes remedios, hemos titulado este comentario y, por ahí podría ir la solución de nuestros problemas. Hay países que, sin hacer ningún tipo de aspaviento, han afrontado un determinado momento político con una gran coalición de los dos partidos más importantes, por ejemplo Alemania. La explicación es que lo requería el país, así de sencillo.

Sin pretensión de ser exhaustivos vamos a enumerar una serie de problemas para cuya solución se requiere inexcusablemente el concurso de los dos grandes partidos:

-Arreglar, sin revanchismos de ningún tipo, nuestras cuentas con el pasado. Cuando un país comete graves errores históricos lo normal es que, pasado el tiempo y llegada la normalidad -¿ha llegado?-, se reconozcan simplemente y se pase página para tratar de difuminar, en orden a la reconciliación, ese baldón histórico.

-La Justicia, pilar fundamental del Estado de Derecho y garantía del ejercicio de las libertades tratando de no encallar en las escolleras partidistas, hoy, se nos aparece errática y sorpresiva.

-La Educación, fundamental para encarar con éxito el futuro. Después de más de treinta años de democracia, todavía no nos hemos puesto de acuerdo en el modelo. Resultado: entre las 200 Universidades más importantes del mundo, no hay ninguna española. Eso no le va a España.

-La siempre presente y nunca resuelta cuestión territorial.

-La reforma de la Constitución para adaptarla a los nuevos tiempos y circunstancias.

-La lucha contra la corrupción, carcoma de la democracia, que cada vez ocupa más parcelas de poder e impunidad.

-La lucha contra el fraude fiscal, un escaqueo bochornoso.

-Y, relacionado con lo anterior, hacer emerger la economía sumergida (23% del PIB a nivel nacional y en Andalucía algo más). Insolidaridad que resta recursos imprescindibles al Estado y que el resto de los ciudadanos tienen que suplir.

-Etc…

Si el milagro de la gran coalición se produjera, puesto que de milagros estamos hablando, los intereses de España serían servidos como nunca antes en su historia.

Y, además, como efectos añadidos nada despreciables, se producirían:

-Una catarsis para los citados partidos políticos.

-Un testimonio irrefutable de que nuestros grandes partidos son capaces de, durante al menos una legislatura, poner por delante los intereses de España, no solamente de boquilla; y, temporalmente, no hacer prevalecer los intereses partidistas.

-Una rehabilitación, por tanto, de la política ante la opinión pública.

-Terminaríamos de acercar España a los cánones y parámetros europeos o, si los nuestros son mejores, tener fuerza y autoridad para imponerlos.

-Y, finalmente, y no es una cuestión menor, daríamos un gran impulso al desarrollo económico.

Para que este milagro que venimos exponiendo se hiciera efectivo, se haría necesario que aflorara una nueva generación de políticos con capacidad de liderazgo, visión de Estado, altura de miras y generosidad. ¿Existe eso en España? ¿Y si existe, dónde se ocultan? Tal vez, la política, tal cual está, no les resulte atractiva, y es muy comprensible.

Pero si seguimos la deriva actual, los ciudadanos tienen todo el derecho de pensar, como hasta ahora, que la política es sencillamente un enredo de liantes.

4 comentarios:

  1. Magnífico artículo, Fernando.
    Un abrazo.

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  2. Extraordinario, como siempre, Fernando.

    Un saludo.

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  3. Te tenía perdida la pista, y una buena amiga común me hizo saber que tenías tu propio blog. Tiempo me ha faltado para asomar por aquí. Te seguiré. Un fuerte abrazo.

    Ricardo Acosta

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  4. Estupenda reflexión, ojalá alguien tome nota y algún día nos pongamos de acuerdo. Si no, como dice el artículo, iremos de banda a banda, con la oposición siempre del que no está en el poder.

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