domingo, 24 de octubre de 2010

Sociedad desconcertada

La sociedad española, a la vista está, sufre un tremendo desconcierto y, en tal situación, se está instalando peligrosamente en un estupor mental de muy difícil salida. Cómo, España, la octava potencia mundial, que hasta el 2007 presentaba una economía boyante, ha podido llegar a esto. Es la muda pregunta que se hacen millones de españoles. Las respuestas individuales son tan variadas, tan variopintas y, con frecuencia, tan esperpénticas –sobre todo lo que concierne al juego político gobierno/oposición- que tomadas en su conjunto, cosa difícil por la serie de contradicciones que se cruzan, sencillamente, no es la respuesta.

Y que nadie nos salga con la simpleza de que toda esta hecatombe mundial, nos la ha liado un determinado gobernante, más o menos hábil, de un determinado país, porque eso además de ser una simpleza es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Y, o estamos hablando en serio o en un concurso de chistes.

Los españoles, con lo bien que vivíamos, ¡ay!, en un pispás y sin saber cómo, nos hemos caído de la higuera en la que tan cómodamente estábamos. Y ahora, con cara alelada por el estupor y la desesperación hacemos gestos y esfuerzos inútiles por encontrar y subir de nuevo a la higuera. Pero ya no hay higueras, se han convertido en inaccesibles y resbaladizas cucañas, que tendrían que retoñar para ofrecer puntos de agarre.

El capitalismo, nos ha demostrado sobradamente su incapacidad para autorregularse –por otra parte, esperarlo, es una ingenuidad: es como pedirle al drogadicto que, teniendo la droga a mano, no la utilice-. Siempre se dijo “el dinero llama al dinero” y nunca se alcanza un punto de satisfacción o de saturación. El capitalismo financiero internacional se mueve a sus anchas y a velocidades supersónicas en una economía globalizada echando siempre por delante la careta carnavalesca e intimidatoria de “los mercados”.

George Smiley, el entrañable personaje de John Le Carré, nos decía en una de sus reflexiones “Ya hemos acabado con el comunismo; ahora nos toca lidiar con el capitalismo”. Y lidiando estamos, Sr. Smiley; pero, al lado de estos cornúpetas, los de Miura y Victorino son ovejitas.

Muchos millones de ciudadanos de los hasta ahora llamados países occidentales, deben estar pensando que si bien el comunismo tenía secuestrada a las democracias, ahora, simplemente estamos cambiando de secuestradores.

Yo por mi parte cumplo rogándole a George Smiley, que descansa eternamente en páginas imperecederas, que traslade su reflexión a la Casa Blanca y a Wall Street. Será curioso comprobar, pasado el tiempo, cuál de las dos instancias puso la traba a la otra. Aunque lo podemos sospechar.

El gran capital, dirige y gobierna a su conveniencia la globalización, hasta el punto de romper el connatural entendimiento que debe presidir las relaciones entre los gobiernos y sus representados, que ven impotentes cómo no hay dios ni democracia que pase por encima de la factura a pagar. Y más vale que lo aceptemos de buen grado, porque empeñarse en lo imposible solamente conduce a la melancolía.

Hace unos días, en Bruselas, un alto cargo de la Comisión Europea, no sé quién, cuando le llegó ruidosa la consigna de los sindicatos europeos que recorrían sus calles, acerca de los “recortes antisociales”, exclamó y no sin razón: “No hay nada más antisocial que tener una deuda inasumible”.

Nos pusieron un burdo anzuelo por delante, y todos picamos, empresas y familias: el dinero regalado, el reintegro a muy largo plazo, no había crisis en el horizonte, y de burbujas nada. El negocio estaba al alcance de cualquier tonto. Y todos lo hicimos. Pero de pronto, la burbuja nos estalló en la cara, ahora muy acontecida y bastante aterrada ante la presencia de la dolorosa.

“A lo hecho, pecho”, reza un vetusto refrán español. Pues eso es lo que hay que hacer, no mirar para otro lado, tomar conciencia clara de lo que tenemos encima y movilizarnos para la acción –esto ya no lo arreglan las pancartas ni los gimoteos de “que lo pague quien lo haya hecho, que yo no he sido”; sabemos que no será así, cuando cae pedrisco cae para todos-. Ahora es cuando debemos tener ideas claras y poner a prueba nuestra capacidad. We can, que diría Obama.

Si los españoles le echamos coraje al asunto –asumido ya que por ahora vamos a bajar algunos escalones de nuestro estado de bienestar- y no nos dejamos ahogar por la ola de indolencia y resignación, saldremos de esta tesitura antes de lo que pensamos. De lo contrario, si seguimos anclados lamentando los efectos de la crisis, estaremos corriendo un riesgo de cronificación, al transformarse los efectos en causas, ya que la economía es cuestión de perspectivas, sentimientos y confianza en sí mismos.

El Cándido de Voltaire, influido por un preceptor iluminado, cayó en las redes del optimismo filosófico y llegó a creer a pies juntillas “que vivimos en el mejor de los mundos posibles”. ¡Pobre Cándido!, cuántos golpes se llevó para comprobar lo que hoy sabemos: que vivimos en un mundo sonrojante de injusticias y más que manifiestamente mejorable. Pero el broche final a todo este asunto lo puso el propio Cándido que, después de todos sus conocimientos y experiencias filosóficas, exclamó: “Todo eso está muy bien; pero vale más que cultivemos nuestro jardín”.

Pues bien, queridos amigos y lectores, en “el jardín” del que somos responsables y tenemos que cultivar, está el futuro de España.

Todo cuanto venimos diciendo de España, es aplicable como no a la mayoría de países de nuestro mundo, el mundo occidental, a lo que podemos agregar: liderazgos difíciles o imposibles, egoísmos nacionalistas, inconformismos, descoordinación, falta de pragmatismo, etc… Bien bañado todo de soluciones utópicas que se nos antojan imposibles desde la coyuntura actual. ¿Un mundo en decadencia?

Y volviendo atrás; mire Mr. Smiley –aquí prometo cerrar el fantasmal diálogo- lo peor no está en la disyuntiva comunismo/capitalismo, lo incongruente, lo que desconcierta a nuestro mundo hasta hacerlo perder el norte es la mezcla de ambas cosas cuidadosamente planificada y utilizada como herramienta hábil y eficaz para adueñarse del mundo. Éstos son los aires que nos llegan del lejano oriente –nada de oro, incienso y mirra-. Y si el mundo occidental no deja pronto de lado titubeos y taifismos, si no es capaz de concordar políticas y gobernanza económica, tardaremos bien poco en pasar a segundo plano.

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