jueves, 22 de julio de 2010

El pulpo y el mono

Que exista un pulpo llamado Paul no es nada que nos sorprenda, habida cuenta que, como dijo en cierta ocasión el mítico torero Rafael el Gallo, cuando trataban de explicarle, a su requerimiento, el “oficio” de Ortega y Gasset: “Hay gente pa tó”.

Lo que sí ha sorprendido a media humanidad –a lo mejor me quedo corto- es que el mencionado octopus Paul vaticine, con acierto, la victoria de España en semifinales y en la final del reciente mundial futbolístico.

Inteligencia lejos de nuestro alcance... Saberes sobrehumanos... Videncia... ¿Quién sabe?

Lo que sí tendríamos que advertir al esquizoide que, con tal motivo, dirija su chaladura a la adopción de un pulpo como animal de compañía –algo de ello ya se empieza a ver en las noticias-, es que volverá hacia él su amelonada cabeza y le clavará una mirada entre irónica y divertida; y que le abrirá el frigorífico –brazos no le han de faltar- y se comerá el marisco que tenía reservado para el cóctel, pues, como animal muy inteligente, es además un buen gourmet, que no dejará pasar ocasión de regalarse el pico, ese pico de loro sabiondo que esconde bajo sus ojos.

Esta pequeña reflexión me ha traído a la memoria algo que contaron en cierta ocasión inversores en Bolsa y de cuya veracidad, por supuesto, no respondo en absoluto: se organizó una competición entre expertos en bolsa para ver cuál de ellos era capaz de componer la cartera de valores más equilibrada y, por tanto, más rentable. Supongo que como rasgo de humor decidieron al final que un mono también escogiera sus valores a su albedrío. Y aquí surgió la tragedia: la cartera de valores más equilibrada y rentable resultó ser la del mono. Justo castigo, digo yo, a esa tendencia irrefrenable que tenemos los humanos por predecir lo que, por su propia naturaleza, es impredecible.

Es de suponer que los expertos en fútbol y en bolsa se pregunten angustiados: ¿cómo y por qué es posible que sucedan estas cosas? ¡Vaya usted a saber!

Podría tratarse, simplemente, de las bromas y caprichos con que, de vez en cuando, nos obsequian las leyes que rigen la herencia genética, y que, lo mismo que dan un salto atrás, han dado, a favor de estos animales un salto adelante. ¿Y por qué no?

Pero que nadie se alborote, el interminable camino de la evolución darwiniana sigue imperturbable y nosotros, los humanos, no somos más que pequeños y efímeros hitos en ese camino. Llegará el día en que expertos en fútbol y en bolsa podrán parangonarse sin menoscabo alguno al pulpo y al mono.

Jeromito al poder

Jeromito es un personaje de ficción de cuya paternidad me acuso. Nació en un breve y distendido relato que publicó ABC de Sevilla el día 25 de julio del 2007, bajo el título “Y Jeromito tenía razón”.Para la inmensa mayoría de lectores que no le conocieron, me van ustedes a permitir que haga una brevísima sinopsis del personaje por si entrara en sus cálculos adoptarlo como candidato.

Era un humilde y honrado pelantrín de un pueblo andaluz, cuya conversación era docta solamente a la hora de hablar de sembrados, yuntas, carretas y cosechas. Pero en el Café Central, a la hora del mañanero café y anís, estaba de oyente. Nadie le hacia caso ni preguntaba su opinión. Principalmente porque no invitaba nunca a los numerosos gorrones que allí se concentraban a esa hora.

En esto, una herencia sobrevenida cambió su suerte de tal forma que se volvió generoso a la hora de invitar y, consecuentemente, empezó a tener una audiencia inusitada de halagadores que, a base de “tienes más razón que un santo”, “lo que dices es el evangelio”, “la pura verdad”, etc..., subió en Jeromito el termómetro de la autoestima hasta límites insospechados unos años atrás. Llegó a creer, sinceramente, que en el pueblo él creaba escuela, sentaba cátedra.

Un buen día, filosofando entre su parroquia, se dejó caer, lentamente, casi deletreando las palabras, como quien cuenta monedas, con lo siguiente: ”ahora me he dado cuenta, yo, que el sentido común lo da el dinero”.

Sus parroquianos, pasados unos segundos de pasmo y confusión, exclamaron casi al unísono: ¡“Qué carajo, una vez más Jeromito tiene razón”!

Bueno, pues ya tenemos el perfil del candidato. ¿Qué cómo se me ha ocurrido promocionarlo para Presidente del gobierno? Pues está bien claro: ¡Qué no haría un padre, aunque sea putativo, por un hijo!

Además, es evidente y notorio que, aunque solemos decir con el sentir popular que a la ocasión la pintan calva, ésta es pintiparada y casa perfectamente con el momento político que vive España. Resulta que, según recientes encuestas nacionales, casi el 80% de los españoles no están conformes con los actuales líderes políticos.

Y aquí aparece mi candidato, Jeromito; la oportunidad está servida: un hombre del pueblo llano para servir al pueblo. ¡Ahora se van a enterar nuestros actuales líderes de lo que es, verdaderamente, hacer populismo!

¿Y con qué ideología se identificará nuestro candidato? Eso le da igual, supongo que con la que usan todos, un cóctel muy complejo en el que sus componentes se neutralizan unos a otros y que los partidos, frívolamente, adoptan y les da su nombre que es como hacer varios apriscos con las mismas ovejas. Y digo esto, porque conozco muy bien a Jeromito, es natural. En cierta ocasión le oí decir que “a la gente le da igual que les muerda un perro o una perra, lo que verdaderamente quieren es que no les muerdan los perros”.

En otra ocasión, dialogando con él acerca de las ideologías, me interrumpió: “¡¿ideologías, bah, que paparruchas?! ¡¿Es que para gobernar bien a un pueblo no son suficientes las ideas?! Sospecho que muchísimos españoles, más de tropecientos mil, van a estar de acuerdo con Jeromito.

Claro que también le saldrán al paso enemigos serios, de lo cual en principio hay que congratularse en pos de su notoriedad. Evidentemente es un candidato muy atípico por estas latitudes: no tiene carrera universitaria ni tampoco, obviamente, ha ganado nunca una oposición de esas de relumbrón que dota a los políticos de una capacidad enorme para, a base de verborrea, manipular a los pueblos y mentirles sin que se les mueva un músculo de la cara.

Jeromito, es cierto, carece enteramente de estas habilidades, qué le vamos a hacer. Habilidades que, probablemente, sean necesarias para ser un político encumbrado. Pero no, Jeromito, un honrado pelantrín pegado a la tierra desde siempre, puesto en esa tesitura se sonrojaría hasta el tuétano, se pondría como un tomate y se le caería la cara de vergüenza.

Porque Jeromito en lo único que cree a pie juntillas, y es su única arma junto a la verdad, es en el sentido común. Algunos pensarán que eso es muy poco equipaje para un candidato, pero yo creo, firmemente, que el sentido común es el hacha con el que tenemos que desmochar severamente esa maraña de ideologías sectarias que nos rodea. Solamente desbrozando esa tupida y asfixiante selva podremos avanzar con garantías hacia el futuro.

¿Por cuántas universidades ha pasado Lula Da Silva? Por ninguna o, mejor dicho, únicamente por la de la vida, en la que fue aprendiendo a evolucionar individualmente hasta conseguir un importante bagaje de sentido común con el que enfrentarse a los grandes problemas de un gran país que él consiguió echarse a las espaldas.

Nosotros ya tenemos un gran país, solamente nos falta un Lula cargado de sentido común – nuestra gran carencia- capaz de convocar a su alrededor a todas las instancias. ¿Y por qué razón no podría llamarse Jeromito?

Creo que es tu hora, Jeromito. ¡”A por ellos joé”!

En pago de mi apoyo, solamente te pido una cosa: que cuando, con tus ojos nuevos y tu curiosidad intacta deambules por los países de la UE trates de averiguar y, si es posible, despejar una duda que hace tiempo me corroe: ¿Qué pasó con los grandes líderes europeos, acaso se extinguieron como los dinosaurios?

Presentación

A esta altura de mi vida, ya respetable, hoy me estreno como bloguero, algo impensable para mí hasta hace muy poco tiempo. Pero si tengo que decir la verdad, y no es otra mi intención, me siento como niño (¡!) con zapatos nuevos. Me veo explorador de un territorio apasionante donde, entre otras cosas, existe la libertad de expresión en estado puro ¿He dicho una perogrullada? No lo crean, hoy en España, es cierto, existe libertad de expresión en mucho mayor grado que en los años pasados y, sin embargo, todavía próximos en los comportamientos humanos. Pero…

España es un país muy difícil de entender y no digamos de gobernar. Un viejo amigo, ya desaparecido, tenía un latiguillo que soltaba cada vez que algo le chirriaba: “¡Viva España, que es indomable!”. Somos un país de tirios y troyanos, que dirimimos nuestras diferencias a grito pelado, y otras varias tribus periféricas y levantiscas. Con un denominador común: todos ellos transitan lanza en ristre. Entre militar incondicionalmente en una de estas opciones o razonar, parece ser que una mayoría ha optado por lo primero. Militar incondicionalmente porque una vez que se ha tomado partido parece ser que da igual que éste sea honesto o corrupto. Los que hemos optado por razonar, estamos callados y en nuestras cuevas, renunciando las más de las veces a expresarnos con libertad, no vaya a ser que uno de estos exaltados lanceros te la clave en el costado.

España es presa de la mentira, el cinismo, la tergiversación, la manipulación, el alarmismo -que nos desacredita-, por no hablar de la corrupción, que no es tema para un blog sino para una enciclopedia. No, no es fácil en España opinar con libertad, por miedo a la descalificación, al ostracismo; porque la ya clásica intransigencia española, tras un notable descenso entre 1975 y 2000, hoy se ha recuperado hasta su nivel “normal”. No, no es fácil, y aquéllos que partidarios del razonamiento creen hacerlo apenas se dan cuenta que tienen que conducirse entre balizas ideológicas para no zaherir a nadie y con frecuencia pagar innecesarios peajes.

La Política ha fracasado –los ciudadanos la perciben como un problema, no como una solución-; La Justicia está en entredicho, y eso sí que es grave; La Educación, por lo visto hasta ahora, está como la Justicia sometida permanentemente a un juicio salomónico, se pretende partirla también en dos: una de izquierda y otra de derecha; etc... Con este panorama y todo lo que hemos dejado dicho, nuestra democracia está perdiendo quilates a chorros.

¿Y a quiénes corresponde arreglar esta situación? Pues está claro, a los ciudadanos, que somos los auténticos protagonistas de la democracia, y no a nuestros mandatarios. Tenemos que asumir el compromiso democrático y transitar hábilmente por ese campo minado por la “mentira, cinismo, tergiversación” ya mencionado. Yo confió en los ciudadanos porque siempre en los momentos difíciles dieron la talla y confío especialmente en los jóvenes –no vale desencantarse-, en sus inquietudes, en su cercanía a las nuevas técnicas de la información , en sus redes sociales, etc...

Si no asumimos nuestro compromiso democrático, estaremos haciéndonos cómplices de todas estas marrullerías que amenazan con hundir el prestigio internacional de España.

Saludos cordiales.